UN 11 DE SEPTIEMBRE CON EL PIZARRÓN EN CASA

Este 11 de Septiembre, a seis meses de iniciado el ciclo lectivo más excepcional de nuestra historia, las maestras y maestros celebramos nuestro día. Lo hacemos como el colectivo histórico que somos, pero en una incómoda soledad. Una soledad que nos resulta ajena porque los docentes somos seres sociales por definición: habitamos un lugar y un tiempo definido junto a otros. Con el diálogo como principal herramienta trabajamos con, frente y para otros, vivimos nuestra tarea rodeados de personas, muchísimos chicos y varios adultos, todos singulares, con sus mundos a cuestas. Esto convierte a nuestro trabajo en una cosa nada monótona, emergente, imprevisible.

Pese a descubrirnos hoy aislados, con las escuelas suspendidas esperándonos, no hemos dejado de enseñar. Septiembre nos encuentra con los hombros cansados de sostener y llevar adelante el peso que nos dejó la escuela cuando, allá por mediados de marzo, cerró sus puertas y tuvimos que transportar las aulas a nuestros hogares para que convivan junto a nuestros afectos. No es que nuestras familias no sepan nada del asunto: antes del Covid una parte del trabajo la resolvíamos de entrecasa, planificando, preparando y corrigiendo en el hogar; pero ahora nos tocó hacer todo puertas adentro, sin horarios que nos organicen ni timbres que establezcan cortes.


Planificamos, cocinamos, fotocopiamos, almorzamos, enviamos tareas, nos bañamos, damos clases por zoom, somos padres, corregimos, salimos de compras, repartimos bolsones de comida, entretenemos a nuestros hijos, incentivamos con un mensaje a nuestros alumnos…Vivimos dando clase y morimos dando clase, como Paola frente sus estudiantes, espectadores involuntarios de su descompensación; rodeada y, a la vez, sola. La pandemia cerró las escuelas pero no detuvo a la educación.

Porque, como todos saben, el sistema educativo no estaba preparado para esta crisis mundial. Pero los docentes sí. Se ve que algo de ese arcaico mandato social que nos pinta como santos y santas entregados a la infancia debe operar en nosotros para que desde el primer día de aislamiento, sin titubear, nos hayamos puesto a edificar con lo que teníamos (poco y nada) una escolarización por fuera de la presencialidad, sin el cuerpo.


Logramos sostener un sistema complejo, racionalmente administrado que nuclea cuatro niveles y ocho modalidades e integra a todos los servicios educativos de gestión pública y privada reposando sobre el voluntarismo de sus docentes, directores y equipos. De ahí la bronca que nos carcome cuando algún gritón de la tele nos habla de año perdido, de que no hay clases, etc. Los docentes evaluamos permanentemente, somos los primeros en advertir las dificultades de este año en términos de aprendizajes conceptuales. Pero no dejamos de enseñar ni de estar. Porque entre contenido y contenido, la escuela enseña muchas cosas más. No lo digo yo, que soy un simple maestro: está estudiado y reconocido por el universo académico hace más de 40 años.Y así, y todo, con estas dificultades a cuestas, enseñamos. Y así y todo nuestros estudiantes aprenden.


Por eso más que nunca celebremos nuestro día, orgullosos. Festejemos la docencia, la escuela, el acto de enseñar y la magia de aprender. Porque, al fin de cuentas, está científicamente probado que si no hubiese año tras año maestras y maestros recreando y reactualizando en las aulas los conocimientos producidos por la humanidad a lo largo de su historia, el mundo simplemente, así sin más , dejaría de girar.

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